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La Avaricia Hunde la Isla


La Avaricia Hunde la Isla | Ver Otras Historias

 

(Seudónimo: El mensajero)

 

Cuentan las crónicas que a finales del siglo XVII unos marineros naufragaron mientras navegaban hacia las Américas. Entre el pecio, los grandes barriles de ron y aletas de tiburones, unos cuantos lograron sobrevivir y llegar a una isla desierta. Cual no fue su alegría cuando descubrieron que el subsuelo estaba formado por toneladas de oro, tan abundante que casi podía extraerse a puñados, sin apenas esfuerzo, en yacimientos tan superficiales que el mineral destellaba tras una simple paletada.

El oro azuzó el apetito de riquezas de los tripulantes. Se despertó su avaricia, las ansias de acaparar el fino polvillo gracias al cual serían millonarios cuando regresaran a la civilización. Contaban y recontaba sus onzas, lo extraían día y noche sin apenas descanso, incluso se revolcaban en las cada vez más altas pilas. Se veían gozando del metal en los más exclusivos palacios, soñaban con ser recibidos por las monarquías europeas, en sus fantasías se codeaban con los nobles de mayor alcurnia y enamoraban a damas de alto copete; gracias al oro lograrían superar en prestigio a los más avispados comerciantes de la Hansa o la ruta de la seda, serían legendarios como maharajás indios.

Los marineros horadaron y horadaron, vaciaron cuatro quintas partes de la isla, y amontonaron montañas de oro en la restante. Así, cual gusano que agujerea un queso, la perforaron hasta convertirla en un hormiguero; removieron o lanzaron al mar tal cantidad de tierra que la escasa sobrante no podía soportar las elevadas cumbres doradas, montañas que tanto contrastaban con los abismos abiertos junto a ellas, convertida la mayor parte de la isla en un laberinto de túneles. Tal fue el desequilibrio que la tierra zozobró y acabó hundiéndose como antes se había hundido el barco. El agua sumergió a los marineros, al oro, y a los restos del anterior naufragio, vestigios de la civilización que fueron a parar al fondo del océano.

Durante unos minutos el mar adquirió un bello tono dorado, como si el sol se bañara en él, pero pronto las aguas disolvieron el oro en su inmensidad hasta que no quedó más que una interminable extensión azul.

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