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Negociación en La Formosa

Negociación en La Formosa | Ver Otras Historias

(Seudónimo: Máximo Pescheira)

 

Los pasillos eran un polvorín. Pérez con su boca de cacatúa se encargaba de difundir las últimas perlas noticiosas. Había movimiento tenso y sepulcral en las oficinas de las gerencias. El sotto voce extraoficial era que La Formosa dejaría de ser el emblema nacional que alguna vez concitara el interés de ser estudiada por parte de prestigiosas escuelas internacionales de negocios. El escrutinio de la junta de accionistas había sido, no se sabe si por miedo o por mera brújula crematística, dejarse engullir por la gigante transnacional Machestlé.

La crisis había dado una embestida fuerte al sector. No había discusión de que se produciría una inevitable recomposición en la organización. Yo era vigilante del piso en el que se llevaría a cabo el cónclave entre ejecutivos de La Formosa y de Machestlé. Acostumbrado a ver a los gerentes encopetados y autosuficientes, ahora los veía con fruición angustiante y nerviosismo disimulado, y no era para menos, si la susodicha transnacional iba a tomar las riendas directivas, nadie, ni siquiera los gerentes, podían darse por seguros en su permanencia laboral.

Cuando llegó la plana gerencial de Machestlé grande fue mi sorpresa cuando al ingresar absolutamente todos me saludaron con cortesía. Hicieron lo propio presentándose ante los directivos de La Formosa. Yo me mantuve en mi sitio dando miradas de rabillo. La reunión discurría  entre alternancias en el uso de la palabra, ojeadas de papeles y gesticulaciones serias. Permanecía atento a cualquier indicación que se me diera, cuando en eso una de las secretarias salió para avisarme que requerían de mi presencia.

—Pues bien, sabíamos que la crisis pudo mermar las ganancias pero no llegando a números en rojo, lo cual quita valor al precio que pensábamos pagar, de todos modos quiero comprobar algo…Ah, señor Martínez, pase y siéntese.

El señor Castañeta, gerente general de Machestlé, me cedió su asiento. Me preguntaba entre sorprendido e intimidado, ¿qué hacía un simple vigilante como yo entre hombres importantes? Estando sentado me lanzó la pregunta:

—Señor Martínez, quisiera saber si usted tiene conocimiento de algún plan o planes de la empresa.

—¿?

—Si no tiene conocimiento, sea sincero, y dígalo.

—No estoy al tanto de ninguno, señor.

—¿Y al menos sabe qué objetivos se ha propuesto conseguir para este año la empresa?

—¿?

—Puedo inferir que tampoco lo sabe, ¿habrá algo que sepa y que pueda contarme?

—Bueno… —titubeé—,  sé que las cosas no andan muy bien por aquí.

Los directivos de La Formosa me miraron con irritación, aireé mi rubor agachando la cabeza, entrecruzando sobriamente las manos.

—Señores —habló Castañeta con aire pedagógico como para aplacar su reconcomio—, veo que sus resultados están como están porque siguen anclados en el viejo modelo jerárquico donde la comunicación tiene obstrucciones de arriba abajo. Me han hablado de números, pero los números son solo un revestimiento de cómo está la gestión y no digamos en lo que atañe a diseños organizacionales o estrategias, sino a los detalles, pues estos plasman la actitud que permite lograr la excelencia, un punto flaco que estoy notando en ustedes.

—Señor Castañeta —intervino bastante incomodado el señor Valladolid, gerente general de La Formosa—, no hemos venido a una ponencia, hemos venido a una negociación. Vaya al grano, por favor.

—¿Quiere que vaya al grano? Entonces iré al grano —se dirigió hacia mí y disparó otra vez—, señor Martínez dígame cuál es la visión y misión de La Formosa. La pregunta descolocó a los presentes. 

—¿Qué tiene que ver eso con lo que estamos hablando? —interrumpió el señor Valladolid.

—Con todo respeto, deje que el señor Martínez conteste.

Sí que era un embrollo dicho interrogatorio. Había visto de volada en cuadrantes vidriados tanto la visión y misión de la empresa, pero qué rayos iba a saberlos si nunca me los había aprendido. Con algo de soponcio y nada de vergüenza una vez más di la respuesta tautológica:

—No lo sé.

 Vi por allí a Pérez queriendo meter sus narices para chismosear, pero estaba disuadido al no tener pretexto alguno para acercarse.

—Solo quiero preguntar a los presentes, ¿cómo se puede lograr un mismo objetivo si es que a los trabajadores no se les compromete, y cómo puede comprometérseles si es que no conocen aspectos elementales de la empresa?

—Señor Castañeta, un vigilante no tiene porqué saberlo, al fin y al cabo su trabajo es accesorio, lo que usted dice es aplicable a trabajadores claves.

Aquella réplica peyorativa me ardió como noqueada trapera en la cavidad estomacal.

—Señor Valladolid —dijo con aplomo—, por salírsele una herradura se cayó un caballo, al caerse el caballo se cayó el rey, y al caer el rey cayó su reino. ¿Entiende la moraleja? La actitud es una cuestión de no anclarse en paradigmas del pasado donde los gerentes eran los mandamases intocables, y el resto de trabajadores piezas desechables y de poca monta. El éxito del ayer no asegura el éxito del hoy y mucho menos del mañana. 

Pidió un tiempo de receso para amainar la tensión. En cuanto a mí se me permitió retirarme. Antes de salir el señor Castañeta me abordó: 

—Señor Martínez, de todas maneras se comprará La Formosa, diga eso a sus compañeros, y dígales también algo importante: que estudien y se capaciten; la mejora continua es una actitud que parte de los trabajadores, se extiende a la empresa y nunca caduca. ¿Está usted estudiando algo ahora?

—No, señor.

—Pues hágalo, un día alguien me dio ese consejo cuando yo era un simple obrero, y mire adónde llegué.

Me extendió la mano y me retiré. Habiendo calado sus palabras en mis honduras, lo primero que hice fue pararme delante de los cuadrantes de la visión y misión de La Formosa, para aprendérmelos. Era un buen punto de comienzo. Ya para el resto solo debía esperar a Pérez, quien en un santiamén propagaría las novedades cual reguero de napalm.

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