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Las marmolejo

Por Fernanda Fontes

Se llaman Victoria y Valentina Marmolejo. Son mujeres bellas e inteligentes. Integran una familia que nació para ser docente y no solo en lo académico.

El papá, Hugo: profesor de música.

La mamá, Cristina: maestra, directora, y ahora es profesora de mi hija Guillermina de Arte Plástica y Computación.

La mayor de las hijas, Jimena: profesora de Educación Física, a quién tuve el placer de conocer y tener como integrante del equipo que hizo posible mi gimnasio.

 Victoria, la del medio: maestra pre –escolar. Tengo la suerte de que hoy es la actual maestra de Guillermina en su salita de 5 años “los Pitufos”.

 Valentina, la hija menor: maestra pre- escolar, tuve la suerte que fuera la maestra de Guillermina en la salita de 4 años “las Jirafitas”.

No quedan dudas de que esta familia se formó para ser docente, pero lo más importante: no lo hacen sólo en el ambiente académico.

Ellas ejercen la docencia en varios escenarios, de maneras no curriculares y lo hacen enseñando con actitudes muchísimo más importantes que las que exige el programa de turno.

Son mujeres bellas, por donde las mires, por fuera…pero a mi modo de ver lo más importante: son bellas en su esencia, son bellas por dentro, que en definitiva es la que importa y es la belleza que perdura… La “otra” belleza en algún momento caduca.

Cuando fui a la reunión de padres de la salita de 4 años de Guillermina, Valentina nos entregó una hoja con el dibujo del contorno de una manito, para que escribiéramos en cada dedito una característica de nuestro hijo, y abajo dejó cinco renglones en blanco, para que escribiéramos como padres: cuál era para nosotros el objetivo que ella debía cumplir como maestra de nuestros hijos al terminar el año.

Yo escribí las características de Guillermina en cada dedito y abajo aclaré, que lo que más me importaba era que la educara en valores, como ser humano, que no me desvelaba si no aprendía todo lo que indicaba “el programa”, pero sí me preocupaba que mi hija incorporara “valores de humanidad” para que continuara recibiendo en la escuela lo que nos preocupamos a diario de inculcarle en casa.

Y vaya si me respondieron “las Marmolejo”, vaya si ejercieron como docentes, vaya si educaron con vívidos ejemplos a mi hija. Basta con escuchar los comentarios que me hace Guillermina, lo que me da la pauta de que ellas me están ayudando a educarla en lo que a mí me preocupa. Que sea una persona de bien, que sea una persona solidaria, que “mire para los costados”.

 Guillermina me habla de cuidar el medio ambiente y no se queda en la teoría, me da ejemplos en casa de lo que reafirma en el colegio, me habla de ordenar, de economizar, de respetar, de la tolerancia. Así que vaya si deberé darle las gracias a “las Marmolejo”.

Ellas no se quedan en la teoría, pasan a “la acción” a diario. Porque no sólo dan clase en el ámbito privado sino también en el público, pero además se hacen el tiempo para rescatar a cuanto perro y gato desamparado ande por las calles de Piriápolis. Lo recuperan, lo llevan al veterinario, y lo contienen en sus casas esperando que aparezca la persona indicada que “adopte” ese animalito, que también merece tener un hogar y mucho amor. A veces no los entregan al primero que aparece y se encargan de chequear que la persona que solicita la adopción se haga responsable de ese animalito. Las podemos encontrar todos los domingos en la feria, con canastas llenas de gatitos y perritos que esperan ansiosos ser adoptados ¡¡¡Cuánto amor le dan!!! Promueven jornadas de castración y educan con respecto a esto para evitar que los animalitos terminen siendo abandonados. He visto cómo las invade la emoción encontrada entre alegría y nostalgia cada vez que deben entregar a un “hijito del corazón”. Basta con entrar al Facebook de cualquiera de ellas, para darse cuenta que les desvela.

Pero si son capaces de hacer esto con los animalitos abandonados, era cantado que lo harían… si fuera necesario, también por un ser humano. Y lo hicieron.

La familia Marmolejo-Araujo, apelando a la solidaridad y contando con la colaboración del pueblo de Piriápolis, rescataron a Ramón.

Lo rescataron “literalmente”.

Ramón vivía en situación de calle, pero ellas lo convencieron de que tenía otra opción, y organizaron una colecta que se recaudaba mensualmente para costear entre todos el “Hogar de Mayo” donde lo alojaron. Estaban pendientes de él, lo llevaban a controles periódicos para estabilizarlo, lo vistieron, lo llevaron al cine, le devolvieron la esperanza, y lo más importante le hicieron saber y sentir que les importaba:¡Le dieron mucho amor!

Pero meses después, conocieron una triste noticia. Triste para ellas, y en definitiva para todo Piriápolis. Ramón les comunicó que iba a volver a las calles.

Se pusieron muy tristes- Espero que no hayan sentido éste hecho como un fracaso de su parte, porque la vida es así. Cada uno de nosotros viene a este mundo, a este plano terrenal a aprender ciertas lecciones, a saldar cuentas pendientes. Unos tienen más que otros por aprender. Seguramente Ramón entendió que su materia pendiente debía ser saldada en la calle y no en otro escenario más confortable. Vaya uno a saber. Es una buena pregunta: ¿Por qué Ramón prefirió esa vida? ¿Por qué a veces no aceptamos la ayuda de otros?

Lo que sí se es que “nos hacen falta más Marmolejos” para que las cosas pasen, para que este mundo sea un poquito mejor.

Las Marmolejo son otro clarísimo y contundente ejemplo de las cuatro actitudes que Baliño menciona en su libro. Y sumaron varias actitudes más con su comportamiento y compromiso: empatía, solidaridad, y para mí la más importante, el amor por el otro. Miraron para los costados.

A juzgar por lo contado vuelvo a lo del comienzo. Son mujeres bellas, físicamente, bellas espiritualmente, bellas humanamente hablando.

Eso sí, tienen un defecto, un gran defecto…son rabiosas hinchas de Peñarol…  Pero, como las quiero tanto, ese defecto se los perdono. jeje.

 

 

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