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Sentirnos Culpables: Un Privilegio

Sentirnos Culpables: Un Privilegio 

Autor: Adriana Cristante 

Y dijo Nicolás:

                        Miércoles 7.15 hs. Suena el despertador. Qué fastidio, me tengo que levantar.  No es un horario tan extremo, mi hermano lo hace todos los días a las 5.30, pero cuando hace tiempo que venís durmiendo poco, cada vez cuesta más. Saco un pie de abajo de las mantas, y tomo coraje para descubrir el resto…

 

Me llamó la atención y seguí leyendo: “…la calefacción que no alcanza a mantener la temperatura constante, la protesta por el tiempo que tardan en calentar el auto o las sábanas de la cama ni bien te acostás…”

 

Eso resonó dentro mío. ¿Quién no ha pensado alguna vez en esas “insatisfacciones”?

En ese momento, y tratando de sentirme menos incómodo, podría haber elegido refugiarme en las exigencias de todos los días, pero no. Empecé a relativizar. Y de allí sólo estuve a un paso para agradecer. Pero si lo dejaba ahí me quedaba corto.

 

En el camino a mi trabajo, del cual tengo el privilegio de disfrutar y ser retribuido económicamente, no podía dejar de ver cuánta gente duerme en las calles, con el sólo reparo de un alero o un cartón.

Podía ponerme a juzgar, pero no estaba dispuesto a caer en ese error tan grueso.

Podía prometer darle alguna moneda a la próxima persona que me lo pidiera, para así aquietar mi conciencia.

Podía haber seguido enumerando muchas excusas, pero ELEGÍ comprometerme.

 

Decidí investigar y poner mi energía a trabajar. Busqué en la web.

Leí mucho. Las palabras quedaron grabadas en mi alma: recorridas nocturnas por el frío.

Ahí aprendí que hay muchos, que son personas reales, como Ud, como yo, con sus trabajos y actividades, que, voluntariamente, van recorriendo la ciudad en épocas de bajas temperaturas, buscando a personas en situación de calle, y que utilizan el alimento y el abrigo como excusa. Éstos son indudablemente indispensables, pero a través de ellos intentan consolidar un vínculo de confianza y afecto, para buscar desde allí la inclusión que permita que salgan de esa condición.

 

Ya no me sentí el mismo, la idea no dejó de darme vueltas.

Esa noche el tema de conversación con mi esposa fue éste, y en ese momento comenzamos juntos a volar con nuestra imaginación, intentando darle forma a un proyecto que pudiera hacer posible que la realidad de algunas de estas personas se    transformara en algo mejor.

Y empezamos de a poco a difundir nuestra idea, primero entre amigos y familiares, para después extendernos mucho más allá de donde nosotros mismos podíamos imaginar.

Buscamos y, con mucho trabajo de por medio, discusiones, rabia e impotencia incluidos, encontramos el apoyo de mucha gente, que se compromete a dar hasta donde puede o quiere, pero tratando de mantener ese compromiso en el tiempo.

 

Y reconozco que en muchas oportunidades me equivoqué.

Sí. Muchas veces supuse que ese vecino con pleitos eternos en reuniones de consorcio, amigos de amigos, viejas amistades, personas con las que solamente podía comentar “hoy parece que llueve ¿no?”, familiares que sólo veía en velorios o con suerte en algún nacimiento, jóvenes y no tanto, ex compañeros de trabajo, nunca podrían a comenzar a ser protagonistas en esta historia.

Pero no fue así. Porque muchos de ellos tenían algo muy valioso en común: GANAS.

Y con confianza me fui sorprendiendo de la energía que generaban esas ganas y cómo esa energía iba tomando forma y materializándose.

 

Algunos colaboran con recursos o ponen a disposición sus manos, otros dan ideas, se ponen a la par, algunos regalan desinteresada y generosamente sus experiencias y se transforman en verdaderos maestros, otros se convierten en centros de recolección de donaciones, otros te alientan, algunos se alegran de verte feliz, otros te piden “avisame con tiempo para la próxima”.

Y, de esta manera, descubrí que la magia reside en brindar la mejor parte de cada uno de nosotros. Si podemos ir reinventando distintas maneras de crecer y evolucionar, no existirán límites.

 

Esta es una historia real: empezó como una idea en el año 2009, y hoy, 2012, podemos afirmar, con satisfacción, que hay muchos niños – y también adultos- que indudablemente forman parte de una sociedad que ha mejorado…el mejor indicador es la sonrisa que se dibuja en sus rostros…y sentirse, en parte, culpable de eso es el mejor regalo. 

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  1. Cuando estaba en mí predominando la idea de que el ser humano casi en general es muy mezquino, este relato hace que despierte la esperanza en que podemos ser mejores personas, que nunca es tarde para cambiar algunas cosas o al menos intentarlo. Felicitaciones!!!

  2. me produce una alegria y una tristeza.pienso puedo lograr algo asi o no me dan las pilas no se !
    se que tengo mucho y frente a esto es que reacciono y agradesco pero me queda el pendiente que mas!tenemos que lograr algo mas.
    el camino lo hace cada uno y cada uno ve que quiere dejar.gracias

  3. Gracias a ti Nelly, por compartir lo que sentiste! Y no dejo de asombrarme de la relatividad del tiempo: hoy, después de 4 años veo tu mensaje…pero llegó. Las ideas permanecen! Adriana Cristante, la autora del relato.

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