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De qué hablamos cuando hablamos de construcción

De qué hablamos cuando hablamos de construcción | Ver Otras Historias

(Seudónimo: Orsini)

                  En una conferencia, Paulo Helene, uno de los referentes actuales del hormigón estructural, cerró su exposición con una frase que quedó dando vueltas en mi cabeza. Era algo así como: “cuando me cruzo por la calle con un camión hormigonera pienso que dentro de ese tambor giratorio viaja un pedazo de la ciudad que se está construyendo”. Una linda imagen, llena de poesía. Pero no fue eso lo que rescaté. Me fui a mi casa con una pregunta ¿Qué cosas ve la gente cuando mira una obra?

                  Pienso que para muchos una obra constituye una molestia, para otros un negocio. ¿Qué veo yo?  Siempre la misma imagen. Estoy sentado dentro de una bañera que no termina nunca de llenarse. Hay una botella de cerveza sobre el piso. Siento una puntada en la espalda, como si alguien me clavara una aguja de tejer detrás de los pulmones. El agua  tibia continúa cayendo y yo permanezco inmóvil, apenas respiro; sin poder hablar.

                  Pero para explicar esta escena debo retroceder en el tiempo. Tengo entonces 25. En un año me recibiré de Ingeniero Civil. He recibido una beca de pasantía, durante el verano europeo, en una empresa importante de España. Viajo junto a Alejandro, un compañero de facultad que recibió el otro cupo disponible. Nuestro destino inicial es Barcelona, pero luego nos envían un poco más al norte, a Gerona. Nos alojamos en una fonda,  un sitio un poco lúgubre, habitado por gente solitaria, que será nuestra casa por tres meses.

                  La ventana de nuestra habitación (segundo piso por escalera) asoma al río Oñar, a metros de un puente de piedra. La vista es hermosa. Al interior es todo lo contrario: un crucifijo sobre la pared descascarada, un lavatorio minúsculo, dos camas de resortes vencidos. El retrete está en el mismo piso. Para bañarse hay que bajar las escaleras.

                  La obra es un tramo de carretera con puentes. Mi jefe es Moyano, un ingeniero argentino, que me asigna las tareas usuales de un ayudante técnico:  confeccionar planillas de hierro, revisar el armado en sitio. De inmediato entablo relación con Lendoiro, el capataz de los herreros. Es un gallego de pocas palabras, con dedos como morcillas y sonrisa auténtica. Cuando me da la mano por primera vez, algo cruje en el interior de la mía.

                  Durante mi primera semana ejecuto pregunto mucho. Los planos no son sencillos, me generan dudas. Entonces durante una pausa del café Moyano me lo propone: ”Una mañana de trabajo con Lendoiro y aprendés más que en un Master del MIT”.

                  A la mañana siguiente, 6:30 en punto, Moyano me pasa a buscar en su camioneta. No llegamos a la oficina, me bajo a mitad de camino, en la zona de trabajo de los herreros. Lendoiro me extiende la mano, pero esta vez estoy preparado. Nada cruje. Luego saca un par de guantes de su bolsillo trasero y me los arroja al pecho.

                  Esa mañana hice de peón. Comencé enhebrando hierros en la losa, luego realicé ataduras. El tiempo transcurre lento cuando uno manipula barras de acero bajo el sol de julio europeo.

                  A las once es la pausa del bocadillo. No llevo nada conmigo, así que me siento a la sombra de un bulldozer. Lendoiro, con sus dedos de morcillas, parte su bocata de jamón y me acerca una mitad. También me pasa por turnos la bota y bebo un chorro de vino aguado.

                  En la segunda mitad de la mañana paso al sector de corte y doblado. El oficial me indica cómo funciona la cizalla y la dobladora. El resto del tiempo doblo estribos a mano.

                  Minutos antes de las dos Moyano vuelve. Durante el almuerzo en un bar de carretera, me sirven un plato de gazpacho. Entonces noto algo raro. Cuando acerco la cuchara hacia mi boca, me tiembla la mano.                 

El resto de la tarde la paso en la oficina. Mis brazos se acortan, el lápiz pesa cincuenta kilos.                    Durante el regreso a Gerona no puedo hablar. Solo pienso en una cerveza helada y un baño. Agua caliente por fuera, cerveza fría por dentro. Moyano me pregunta si me siento bien. Creo que está un poco asustado o se siente responsable.

                  Antes de entrar a la Fonda compro una cerveza en el kiosco de la esquina. Alejandro me espera para ir a jugar al billar, pero me excuso. Subo los dos pisos por escalera arrastrando los pies y luego vuelvo a bajar uno hasta el baño. Llevo la toalla colgando del hombro y la cerveza en una mano. Coloco el tapón en la bañera y abro la canilla.  Sale un hilo de agua tibia. Espero un rato sentado en el borde pero el nivel apenas sube. De todos modos decido meterme, y ahí estoy, chapoteando desnudo en dos centímetros de agua cuando sucede. Estiro mi brazo para agarrar la botella y siento el pinchazo. Ya está, el desgarro del músculo intercostal ya se ha producido. No puedo moverme, ni respirar. No puedo pedir ayuda. Pierdo noción del tiempo. Agua fría, cerveza caliente. Fijo mi vista en la araña que teje su tela entre el calefón y la pared; en los pelos oscuros, de dueño anónimo, que hay pegados a los azulejos. Hago esto hasta que el dolor amaina y regreso arrastrándome al cuarto.

                  Eso es lo que veo.

                  No se engañen. Las obras no son coeficientes ni conceptos abstractos. Las sentimos en el cuerpo y en la cabeza. Nos acompañan cada noche a casa. Nos hacen discutir con nuestra mujer, o hablar mal a nuestros hijos. Pero también son las historias que escucharán nuestros nietos alguna noche de verano.

                  Julio Martínez Calzón es quién diseñó el Puente de las Américas. El año pasado me envió un mail en el que describe con sabiduría la batalla que se libra a diario en las obras: “ el riesgo, las circunstancias, situaciones trágicas, errores… y de tanto en tanto, un éxito, una maravilla de materia hecha forma, útil, mágica, …”

                  Tan sólo por esto vale la pena.

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