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Salvavidas

Salvavidas | Ver Otras Historias

(Seudónimo: – Salvado)

Le llama “salvavidas”. No como nombre propio sino como adjetivo calificativo. A su vez el pequeño quiltro parece entender que aquella podría ser una inexplicable variación de “Duque”, el pomposo título honorífico que lleva por nombre y que tan poco da cuenta de su insignificante aspecto y su inexistente, al menos en apariencia, nobleza.

Nadie repara en él sino porque siempre está en el rellano de la escalera del segundo piso y todo el mundo, al pasar, debe tener la precaución de no pisar alguna de sus brevísimas extremidades o su cola enroscada, detalle este que elimina definitivamente toda pretensión de señorío. A su vez el pequeño animal contempla impertérrito el tránsito, lento o presuroso de quienes deben pasar por su ilegal e improvisado dormitorio para acceder al estacionamiento. Sentado en el penúltimo peldaño de la escalera del segundo piso sigue con la mirada a los vecinos hasta que estos desaparecen de su vista.

“Salvavidas” quizás representa el desafío frontal al pequeño rótulo pegado en el muro en un costado de la entrada; “Prohibida la internación de mascotas”. Quizás el no entender el idioma del sentencioso texto le brinda la tranquilidad de disponer a sus anchas de aquel espacio que su cuerpo diminuto ocupa mínima mente. Tal vez así lo entiende también su dueña que en la puerta de su departamento dispone de un pocillo con agua y otro con alimento que fija en forma definitiva el asentamiento del pequeño cánido.

“Salvavidas” – insiste en lIamarle como en susurro el solitario hombre del cuarenta y tres, cada vez que pasa por su lado. El insignificante quiltro, a su vez, le dedicaba la misma mirada fría y vacía, serena e inconmovible, que a todos los demás.

“Salvavidas” – repite al medio día, y por la tarde, o a media noche cuando sale a fumar mientras pasea por la vereda, aguardando el sueño que el calor parece retardar. Pero su pequeño e insignificante vecino sólo le sigue con la mirada.

Ningún gesto, ningún movimiento. Hierático como un noble, “Duque” no abandonaba un ápice su tradicional apostura.

Pero un día, temprano, casi de madrugada, rumbo a su nuevo trabajo, el hombre se acerca hasta casi rozarle sus puntiagudas orejas ratoniles y se lo dice:

– “Salvavidas”, me salvaste la vida – y ambos se sostienen largo rato la mirada. El hombre con gesto agradecido, emocionado, franco. El perro su única mirada.

Es cierto “Salvavidas” me salvaste – repite el hombre casi sollozando y se agacha para besarlo en medio de la frente. Luego baja raudo los escalones. Afuera en la calle se vuelve dos o tres veces para ver si lo divisa. Emocionado continúa su marcha hasta el paradero del microbús.

– Ese pequeño, insignificante y ordinario quiltro me salvó la vida – habría querido contar a las dos o tres personas que ya aguardaban en el paradero – es cierto, la otra tarde tal era mi desesperación e incertidumbre que cogí de mi velador un arma e intenté matarme. Había dejado la puerta de entrada del departamento apenas junta, para facilitar el paso de quienes debieran venir a retirar mis restos.

– Me senté sobre mi cama y cogí el revolver. Mi cabeza giraba inundada de terribles cavilaciones. Y en ese instante apareció sigiloso, tímido, minúsculo en la entrada de la habitación. Me miró con la misma mirada impasible de siempre: hierática, fija, imperturbable…Sin embargo, tras un instante me pareció percibir algún gesto en su impávido rostro. Quizás pude haberlo sorprendido con mi quietud.

– Hola – atiné sólo a decirle, después de un instante en que ambos permanecimos estudiándonos con nuestras miradas. Él recorrió con su vista el lugar, olfateó levemente el aire, dio media vuelta y desapareció. Sólo sentí sus uñas escaleras abajo.

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